Hace ya un mes tuve una excelente experiencia dando una charla en el mismo colegio donde me gradué como técnico medio en informática. Haciendo retrospectiva y recordando cómo veía las cosas en aquel momento y cómo las veo ahora con un poquito más de experiencia, decidí romper el libreto y decirle a todos esos chicos lo que me hubiese gustado que me dijeran sobre muchos temas que parecían complejos pero que en realidad eran la misma cosa.

 

Un proyecto no es más que un propósito final con pasos definidos para lograrlo. Aún cuando cada paso pueda tener matices, la claridad en la meta siempre debe ser el foco y elemento molde para cada etapa en función de concretar y cumplir los objetivos.

 

En esa charla, mencioné repetidas veces que un proyecto, desde mi punto de vista, puede tener cuatro (4) etapas macro:

  • Identificación del objetivo real
  • Planificación del paso paso a paso
  • Ejecución
  • Evaluación de resultados

 

En primer lugar, la identificación del objetivo real, que puede ser un poco más compleja según sea el caso, no es más concluir cuál es la meta final o qué se quiere haber obtenido una vez que se considere como terminado el evento. Les comentaba a los chicos, de quito año del colegio, que un ejemplo claro y a muy pequeña escala puede ser escoger una carrera, por lo que establecimos un proyecto bajo la premisa de “para el final de este año escolar debo haber escogido qué carrera quiero estudiar”, como situación real en la que utilizaríamos la planificación para cumplir objetivos.

 

Una vez definida la premisa u objetivo de nuestro proyecto nos dedicamos a planificar el paso a paso. En este punto debemos poner sobre la mesa todas las herramientas que conocemos, nuestros puntos de vista, documentación y sobre todo áreas desconocidas, y aquí hago un paréntesis; es más importante en cualquier proyecto conocer nuestras debilidades que nuestras virtudes. Nuestras virtudes siempre van a ser nuestra primera herramienta de acción, sabemos cómo y cuándo utilizarlas, mientras que nuestros puntos débiles son esos que, llegado el momento, pueden echar abajo todo nuestro esfuerzo inicial. Entonces conocernos y establecer un plan concreto de acción que contemple pasos claros es lo que va a definir la probabilidad de éxito de nuestro emprendimiento.

 

Debemos tomar todo el tiempo que sea necesario y que el proyecto nos permita para planificar, pero llegado el momento, la ejecución debe ser radical. Los cambios, adaptaciones o matices en la ejecución de una etapa de nuestro plan deben ser únicamente generados por contingencias de orden externo. En todo momento debemos ser flexibles y saber adaptarnos a las condiciones, siempre que eso no implique cuestionar la precisión de nuestro bien pensado paso a paso en escenarios ya evaluados en la planificación.

 

Por último, y habiendo logrado o no, nuestro objetivo, la evaluación de resultados es ese resumen que nos permite colocar en un balanza todo lo que cumplimos y lo que no y así poder concluir sobre nuestro aprendizaje, efectividad, debilidades y todo eso que, a fin de cuentas, siempre es ganancia.

 

Hacerlo bien es una oportunidad para buscar puntos de perfeccionamiento, hacerlo mal es aprender una forma más de cómo no hacer las cosas.

 

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