Paso 1:

Empezamos a dedicarle más tiempo a un hobbie/ oficio/ profesión que resuelve un problema .

Paso 2:

Amigos y gente cercana nos dice que la idea/producto/servicio es, de verdad, bueno.

paso 3:

De a poco empiezan a ofrecernos dinero por lo que hacemos, aun cuando consideramos que no deberíamos o no es necesario cobrar por eso.

paso 4:

El boca a boca hace efecto. Más personas empiezan a interesarse por lo que haces.

paso 5:

Te das cuenta de que es posible. Deja de ser un hobbie, empieza a ser trabajo.

Y así nos olvidamos del propósito inicial

Antes del paso 1 hubo una etapa en la que decidimos dedicarle tiempo al aprendizaje de un hobbie, oficio o profesión, porque estábamos convencidos de que el fin último de ese aprendizaje resuelve problemas de la vida cotidiana de muchas personas.

Luego del paso 5 empezamos a pensar en cómo eso que aprendimos y empezamos a ejecutar puede producir mucho más dinero del que percibimos hoy. Incluso si somos una empresa constituida, estoy 100% seguro de que la filosofía con la que iniciamos estaba más enfocada en qué tan bien podíamos trabajar y qué tan eficientes podíamos ser cumpliendo las solicitudes de nuestro público, pero a medida que el tiempo y los números avanzan, este propósito se va desvirtuando, nos enfocamos más en la estructura de costos, en el cumplimiento de compromisos, en el flujo de caja y en cómo podemos hacer más eficiente la cadena de producción, más allá de crecer con la necesidad de nuestro cliente.

Recordemos que el desarrollo y producción de un producto, independientemente de su naturaleza, tiene su génesis en la necesidad que este va a satisfacer, por lo que volver siempre a lo que nuestro usuario pide, es la mejor práctica de innovación que podemos aplicar.

En un país donde producimos poco y donde la competencia se limita a la mejor oferta de precios, el elemento diferenciador se vuelve necesariamente la calidad de servicio, punto que no tiene que estar amarrado a un mayor precio de venta, sino a la voluntad de la empresa por entender que es el cliente quién asegura la viabilidad y la sostenibilidad comercial de toda compañía y eso pasa por, no solo ofrecer un buen producto, sino cumplir con los parámetros de atención necesarios para que la persona vea a la empresa más allá de una simple transacción.

Cuando en LEAN nos hablan sobre el MVP (Minimum Viable Product) o mínimo producto viable (por sus siglas en inglés), en resumen nos tratan de explicar que la primera versión implementable y no terminada de un producto puede y debe salir al mercado a recibir la opinión del usuario final, porque es este quien decide qué quiere consumir y qué no. Más allá de las estrategias de mercadeo, sugestiones publicitarias, etc, existe un gusto primitivo por parte del cliente que le permite acceder a la posibilidad de consumo. Si tomamos esto como cierto, ¿por qué no trabajar siempre en función de lo que mi usuario final realmente necesita? ¿Por qué no trabajar siempre en función de mejorar mi producto respecto del usuario y no adaptar al usuario respecto de la “mejora” de mi producto?

Volver a la gente no es una práctica de retroceso, es una práctica necesariamente iterativa que nos va a dar mejores luces respecto de qué tan cerca estamos de satisfacer una necesidad real, siempre haciendo especial foco en la calidad de servicio como elemento diferenciador que nos ponga en el camino correcto de, no solo cumplir con el cliente, sino acercarnos y conectarnos de forma honesta con él.

José Gregorio Ortega G.
IG: @JoseGOrtega_
Twitter: @JoseGOrtega_

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